Conciencia de Casta

Cuando uno busca encaramarse al poder, necesita un grupo que le ayude. Y lo primero es convencer al grupo de que existe, de que es un conjunto de gente concreto, diferente, y a ser posible perjudicado por los demás. Es más complicado de lo que parece.

Imagina a napolitanos, turineses, venecianos, cada uno con su historia y sus intereses. Tuvieron que convencerles a gorrazos para que entendieran que en el fondo eran “italianos”, una especie de mínimo común denominador que los agrupa a todos. No había casi “conciencia de nación” en la época de Garibaldi. Lo mismo le pasó a Bismark con los alemanes. Despistados, pero nada que no arregle una guerra o dos.

O los campesinos, obreros industriales, aprendices artesanos, funcionarios de la Rusia zarista. No veas lo que tuvieron que trabajar los marxistas para meterles en la cabeza la “conciencia de clase”. Algunos, especialmente en el campo pero también en el gobierno, necesitaron un poco de plomo para que entrara la idea.

Ahí tienes a Chamberlain, o a Hitler, trabajando como locos para que anglosajones o alemanes vieran su destino de domino universal (entre otras cosas). La “conciencia de raza” de comienzos de siglo XX no es algo tan antiguo, y desde luego no es algo a lo que aspirara el pueblo llano. Ahora ya es más común, mira los serbios en Bosnia-Herzegovina y en Croacia.

O mira como en India y Oriente Medio las diferentes religiones (o sectas) motivan a sus miembros para separarse unos de otros y matarse entre ellos. Es un pasatiempo periódico que ha llevado a Líbano, Siria, Irak, y tantos otros al caos, y que motivó la horrible partición de la India. Pero eso sí: por el camino, los líderes de esas sectas han tocado poder.

Raza, clase, geografía, religión. Castas. La “casta” es el instrumento del sectarismo. Sin “conciencia de casta” no hay diferencias serias, no hay problemas de convivencia. El que te lleva la contraria se equivoca, pero sigue siendo tu vecino y una persona como tú, no un intruso o un enemigo. Pero una vez hay “castas”, se puede señalar a los que están fuera, se pueden sacar las antorchas, se les puede privar de la protección de las leyes.

En España sabemos de castas y banderías. De carlistas y liberales, de rojos y fachas, hasta de moros y cristianos.

Y tenemos auténticos artistas en la creación de castas. Véase el PNV y sus derivadas, creando un idioma artificial (batúa) en lugar de los diferentes vascuences, y luego luchando por el derecho a hablar la “lengua de sus padres”. Mitificando la cultura vasca de montaña y luego reivindicándola para territorios donde no se había visto nunca. Reclamando las fronteras del reino de Navarra cuando tres cuartas partes de su “Euskadi” no fueron Navarra más que un parpadeo (véase cómo quedó “Navarra” tras la muerte de Sancho el Mayor, ya en 1035). Confundiendo la zona de difusión de un idioma con las fronteras de un reino imaginario (y luego extendiéndolas en todas direcciones).

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De Miguillen – Trabajo propio Gráfico vectorial creado con Inkscape Cartografía extraída de by HansenBCN, GFDL, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8463173

PNV y Bildu buscan injertar en la sociedad vasca algo con lo que construir una “conciencia de casta”. Han probado con una falsa historia, una mitología que se cae sola pero intentan perpetuar en libros de texto. Han probado con el racismo desatado de Sabino Arana, del que nos reímos mucho pero sigue ahí. Y prueban con el idioma, convirtiendo el patrimonio de algunas zonas en algo necesario para “entender” toda Navarra. Y sobre todo haciendo que sea necesario para participar en la administración pública.

Y los “indepes” catalanes, la vieja CiU y ERC, no son otra cosa. Donde antes había una diversidad de idioma aderezada de buen sentido y sana convivencia, ahora hay un mito de persecución y una “conciencia de casta” que, en manos de líderes sectarios, anima a sus víctimas a no respetar la opinión y los derechos de los que no son parte de su casta.

No nos engañemos, los creadores de castas no buscan ayudar a nadie. Buscan sus propios fines y objetivos, su propio rincón del mundo en el que mandar. Uno lo suficientemente grande (Alemania, Italia, Europa) para ser influyente en el mundo, o lo suficientemente pequeño para poder hacerse un Estado con los amigos. En cualquier caso, un lugar en el que sus rivales políticos no tienen derecho al aire.

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