Podemos como franquicia (A Errejón no le van a hacer un Trostski)

Desengañémonos. Ni Errejón torcerá la mano a Iglesias, ni Iglesias le va a purgar. El famoso “Vistalegre” no sólo no importa nada para el bienestar de los españoles sino que no importa mucho más para casi nadie. Perdamos la esperanza: ni siquiera por el morbo (único modo de mantener una tontería así en el candelero) le van a meter un piolet a Errejón. Que no.

El congreso de Podemos sólo servirá para repartir el bacalao entre los miles de familias que forman la acampada podemita, desde los comunistas de verdad a los batasunos infiltrados. Podemos no es un partido, ni siquiera una coalición. Es un cajón desastre, una carta a los Reyes Magos a la que cada grupúsculo pide su momento al sol.
Lo que sí es Podemos es un ejercicio maestro de capitalismo. No porque sus cuadros ganen lo que no deben o coloquen a sus familias; ni siquiera por lo que gana La Sexta a costa de usarlos como reclamo. Podemos, los que predican que las marcas son malas y juran por el “No Logo” de la Klein, es justamente eso. Un ejecicicio de branding masivo.

En otras palabras: Podemos no es un partido, es una franquicia. Una marca que usar, pagando peaje.

Iglesias mantiene el control porque es la cara de la marca. Es quien decide quién es parte de Podemos y quién sigue siendo perroflauta. Usa la marca morada como un franquiciador para convertir antisistemas, izquierdistas, ninis de papá e inadaptados varios (véase sus cuadros) en mágicos herederos de la lucha republicana contra oligarquías fascistas, ángeles que salvarán a los perjudicados por el sistema aunque ellos mismos no hayan conseguido dejar de vivir en casa de sus padres hasta que se fueron de okupas. Y lo mejor es que convertirse en franquiciado o confluencia de Podemos da dinero, atención, cargos, respetabilidad, tiempo en la tele.

Ese es el cemento que mantiene y mantendrá unido a Podemos. Los disidentes no pueden cuestionar en serio a Iglesias sin perjudicar la marca. Los separatistas se van a su propia “confluencia” pero sin salir del paraguas dorado, digo morado. Iglesias les convierte en taifas, como los emiratos de Al Quaeda, y ellos ordeñan la marca en su provincia… mientras canalizan votos hacia Podemos en el Congreso. Todos ganan, aunque sea a costa de encaramar a las instituciones a los mayores indocumentados que se ha visto en ellas y apoyar todas las agendas extremistas del país.

Lo que resulta curioso es que un profesor interino, criado al calor de la teta pública y aparentemente incapaz de entender de dónde viene la leche, esté donde está. La tentación es pensar que son un “grupo de diseño”, una operación de márketing como esos grupos juveniles de cada pocos años. Incubados en Público y regados con La Sexta como modo de apropiarse del televidente izquierdista, no sería una conclusión absurda. Pero la experiencia venezolana y el dinero iraní indican que estos señores tienen otra profundidad. Más allá de agitar asambleas y dar discursos con frases hechas, son unos profesionales.

Unos profesionales del márqueting usando a antisistemas como franquiciados para intentar llegar al gobierno con un programa no sólo tóxico (cada vez más tóxico por esas franquicias) sino autoritario. Y usando a los medios de comunicación y entretenimiento con el mismo cinismo con el que esos medios les usan a ellos. Iglesias y Errejón, Epi y Blas, ofrecen a sabiendas un reality gratuito, con todo el morbo que pueden, para que se hable de ellos a todas horas.

Pero al final, digan lo que digan, a Errejón no le va a pasar nada. Son todo efectos especiales.

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