Moro bueno, moro malo (II): las dos cosas

Continuación de Moro bueno, moro malo (I): no echéis la culpa a Europa

¿Moro malo? No, no son el enemigo.

Echar la culpa a los musulmanes en general tampoco es serio. Son los que reciben la mayor parte de los disparos. Y ya  vimos que la mayor parte de ellos no simpatiza con los terroristas.

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Daesh y sus primos se ensañan con el resto de las sectas más que con Occidente.

Es cierto que Arabia Saudí y Pakistán se han dedicado a alimentarles, es cierto que Irán paga a sus propias facciones, es cierto que Turquía ha estado apadrinando otras y templando gaitas con Daesh para combatir a los kurdos. En el islam hay de todo. Lo cierto es que los violentos son una minoría.

Es cierto, y es lo que más escuece, que no está claro que ellos y la civilización occidental estén del mismo lado en esta guerra. Porque hay demasiados musulmanes que no la consideran una aliada, sino un problema más o la causa de ellos. Los que están dispuestos a sacar la cabeza y condenar un ataque de Daesh en Occidente son pocos y, como la secta Ahmadi (los de la foto de arriba, en Berlín), relativamente raros.

Hacer responsables a los musulmanes europeos por los ataques tiene mucho más de xenofobia (rechazo al vecino que tiene costumbres molestas y distintas) que de autodefensa. El miedo al terrorista proporciona una excusa a los xenófobos para rechazar al musulmán, tanto más cuanto más se empeñe éste en diferenciarse.

¿Moro bueno? Aún no estamos en el mismo bando

Europa se funda en una serie de valores que incluyen el respeto a los demás y sus ideas, la separación de Estado y religión, y la igualdad esencial de hombres y mujeres. Los europeos (salvo los sectarios) hemos aprendido que, aunque estemos completamente seguros de algo, no tenemos derecho a convertirlo en ley a menos que la mayoría nos respalde, y aún entonces no podemos imponer nada a los demás en materia de conciencia. Hemos aprendido que el comportamiento de los demás es cosa suya a menos que haga daño real a los demás.

Esto no son opiniones. Es la declaración de Derechos Humanos. Son nuestras reglas del juego, reglas recogidas en cada Constitución del continente y en las leyes que las desarrollan. Son reglas que es obligatorio, exigible, aceptar cuando se vive en Europa, sea uno cristiano, musulmán o marciano. No hace falta creer que son buenas (tenemos sectarios de sobra en Europa que las rechazan), pero hace falta seguirlas a rajatabla o atenerse a las consecuencias.

Demasiados musulmanes no comparten estos valores: no sólo no los viven, sino que exigen el “respeto” a su perspectiva, como si fuera una simple elección de modo de vida vegano o una nueva orientación sexual. No lo es.

La diferencia ideológica entre muchos de los inmigrantes musulmanes y la mayoría europea que los intenta acoger es seria. La resistencia a aceptar estas reglas, la exigencia de reglas aparte (sharia, privilegio) y la simple diferencia de costumbres, molestan y son caldo de cultivo para la xenofobia. El terrorismo islamista es un catalizador que puede convertir esa xenofobia en algo activo y muy dañino, ya sea en forma de partidos radicales, ya sea en forma de discriminación o incluso ataques. Algo que no sería sólo injusto sino contraproducente.

¿Cómo se combate esta marea?

Desde la irresponsabilidad del bloguero, un par de sugerencias.

Este artículo continúa en Moro bueno, moro malo (III): y ahora ¿qué hacemos?

 

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