Moro bueno, moro malo (III): y ahora ¿qué hacemos?

Este artículo es continuación de:

¿Cómo se combate esta marea?

Desde la irresponsabilidad del bloguero, un par de sugerencias.

Tenemos dos frentes abiertos. Uno es el militar, contra un Estado fantasma que tiene un territorio pequeño pero tentáculos por todo el mundo. Aquí, la acción militar y policial y la coordinación con el resto de Europa son el único camino. Tenemos “aliados” casi tan repelentes como el enemigo. La guerra va a ser más o menos larga en función de la decisión con que se combata, pero la ganaremos.

Conviene recordar otra guerra muy antigua. Antes de la Segunda Cruzada, el reino de Jerusalén tenía vecinos y súbditos que no eran cristianos pero vivían en paz frente a fundamentalistas musulmanes. Sólo cuando los cruzados hicieron la idiotez de atacarse entre sí y atacar a sus vecinos moderados, obligándoles a cambiar de bando, la guerra se torció, y con los años acabaron echándoles a todos al mar.

Esta vez, Turquía y Rusia juegan el papel de los cruzados desatados.

Otro frente es el interno, con un colectivo serio y muy poco integrado que es caldo de cultivo para la radicalización y catalizador para la xenofobia.

Aquí el ejemplo sería Kemal Ataturk. El oficial que derribó a los califas y proclamó en 1923 la república turca, un régimen laico que ha durado hasta hace menos de un año. Lo hizo con las ideas claras y mano dura: sacó de mezquitas, universidades e instituciones (de las orejas) a los predicadores de ideologías contrarias a la laicidad. Porque reconoció que el islam es una cosa, pero el islamismo (pensar que el islam debe ser la fuente de la legislación) es una ideología, y una ideología incompatible con un régimen secular y democrático. Se puede ser musulmán y no ser islamista, como buena parte de los turcos.

El “islamismo moderado” es como el “comunismo moderado”: acepta las reglas del juego democrático sólo hasta que puede cambiarlas, como ha hecho Erdogán ahora: no necesariamente de acuerdo a la ley. El “islamismo democrático” análogo a una “democracia cristiana” aún no ha emergido, que se sepa.

En resumen, lo que procede es fomentar, dentro y fuera de Europa, la “desnazificación” del islam. La expulsión, marginación y exclusión de las instituciones y de los medios públicos de clérigos y militantes de las escuelas extremistas del islam, y la identificación clara del islamismo actual como una ideología antidemocrática que no puede recibir apoyo público. Dejar claro que a los musulmanes los representan diputados, no imanes. Que las leyes en Europa son iguales para todos. Dejar de tolerar a wahabitas y salafistas (incluyendo los que veranean en Marbella). Relegarles a predicar en las redes sociales, y allí también perseguir sus excesos.

Haciendo como Ataturk (o como Bismark con los católicos alemanes, por poner otro ejemplo), podremos servir de invernadero para que el islam se desarrolle sin islamismo. Parando los pies a los que lo financian, podremos quitarles influencia. Derrotándoles policial y militarmente les desprestigiaremos y haremos irrelevantes.

Y más nos vale empezar pronto.

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Atentados islamistas intentados y realizados en Occidente desde 2001.

 

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