Rajoy: después de mí, el diluvio

El presidente Rajoy es, sin duda, un incomprendido. Tres cuartas partes de España no aprecia su trabajo en la estabilización financiera del país tanto como él cree que se merece, por ejemplo. Casi nadie comprende su actitud frente al separatismo catalán. Y aparte de uno o dos (probablemente ya imputados), es difícil pensar que haya quien entienda su forma de enfrentar la corrupción en su partido.

Seguramente a esa falta de comprensión de lo que el presidente quería decir en realidad se debe el desacuerdo actual con Ciudadanos sobre la interpretación y obligaciones de su pacto de investidura.

Y hay más. Creo que sus propios compañeros y militantes del Partido Popular no entienden la audacia de su estrategia. Con su combinación de órdagos permanentes (a la oposición, al PSOE, a Ciudadanos) y sordera selectiva, Rajoy apuesta a que puede aguantar hasta que la recuperación económica mundial se deje sentir en España (al fin y al cabo los niveles de deuda no se notan en la calle), los separatistas catalanes se peleen entre ellos, y la prensa afín consiga manchar la imagen de Ciudadanos. Con eso, y un Podemos en el papel de LePen local para aglutinar a la gente sensata, Rajoy apuesta a que puede no sólo terminar la legislatura bloqueando todo lo acordado sino probablemente consolidarse y repetir.

El problema es lo que va a pasar si se equivoca. Y la combinación de eso con la nueva ley electoral.

Una recuperación económica con poco crecimiento del empleo, y con muy poco empleo fijo, va a polarizar a los votantes. Un enquistamiento de problemas e ineficacias públicas (Justicia, Sanidad) y de la percepción de corrupción de los partidos de siempre (con juicios en sesión continua de aquí a 2020) van a hacer muy difícil que PP y PSOE levanten la cabeza. Las ganas de Ciudadanos y sus votantes de ver los órdagos de Rajoy les van a hacer muy difícil gobernar sin trabajar el consenso. La disposición de la oposición a colaborar en los puntos en que coinciden les va a permitir puntera al gobierno. Rajoy va a seguir perdiendo el control de la agenda política y de la actualidad.

Los votantes no van a perdonar al PP. Y el PP no va a perdonar a Rajoy.

Y la reforma de la ley electoral va a cambiar el mapa. En el momento en que el efecto concentrador de la Ley D’Hont deje de favorecer tanto a los grandes grupos (2+2 = 5), España va a seguir el ejemplo de Holanda y de media Europa. El bipartidismo es historia, pero lo va a ser aún más. Dentro de poco, las coaliciones que el PP y el PSOE representan (por no hablar de Podemos) no van a tener sentido. Liberales, conservadores, democristianos, tecnócratas, tienen muy poco en común salvo que presentándose juntos sacaban mucho más que por separado. Socialistas y socialdemócratas, lo mismo. La banda de extremistas variados que habita en Podemos, igual.

Si Rajoy sigue por el camino que va, para cuando acabe esta historia (una legislatura incompleta y quizá la siguiente) ya estarán plantadas las semillas de un panorama político tan diferente que, como diría Guerra, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió.

Y del PP va a quedar muy poco.

 

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