No, no eres lo que hablas

Una de las cosas más llamativas del famoso programa de la ETB1 en el que recientemente se insultaba a los “españoles” es el criterio que usaban para definirlos. “Español” era el que no era como los destinatarios del programa, los “euskaldunes”. Pero “euskaldun” sólo significa “que habla vasco”.

Igual que en Cataluña, el idioma se ha convertido en una palanca política. Los partidos “patrióticos” (sí, esa es la traducción de “abertzale”) dicen que defienden a los que consideran parte de su “pueblo”, los titulares naturales de la soberanía y los derechos en un territorio o “patria”. Y su “pueblo” son los que hablan su idioma. El inmigrante de segunda generación que habla catalán de colegio y vota ERC, tanto como el “casero” de verdad que no habla batúa. Los partidos “patriotas” no defienden tanto una ideología, como una presunta e inventada nación determinada principalmente por el idioma que hablas. Para esa nación virtual buscan privilegios, derechos, subvenciones, excluyendo a los que no hablan el idioma (o como mínimo aportan los ocho apellidos), a los que llaman “colonos”, “maketos” o “invasores”. En ese doble juego de premiar y castigar está su herramienta para transformar a unos en otros.

Sí, ya sé que suena ridículo, pero es así. Lo estamos viendo en Cataluña, lo vemos en la educación de la Comunidad Autónoma Vasca, lo estamos viendo en las iniciativas del gobierno navarro. Se intenta construir una “nación” por la vía de extender una lengua y usarla como factor diferenciador. Y hay quien se lo toma en serio. Hay quien se cree que por hablar una lengua (muchas veces ni siquiera relacionada con la herencia personal) ya es “parte de la nación”, de “ellos”. Y sobre todo, que no es parte de “los otros”.

El premio final para los “patriotas” es que, una vez alguien se considera parte de ese pueblo elegido, se crea que ellos son los que le defienden, apoyan, protegen frente al enemigo exterior que le oprime o roba. Y por tanto, les vote. Si eso significa construir una Catalunya independiente apoyándose en ecuatorianos reeducados en colegio público, bueno, paso a paso. El racismo (nunca muy lejano de esta gente) se controla cuando conviene.

Decíamos hace unos días que los nacionalistas piensan que el idioma define a la persona. Hablas catalán, tienes algo que te diferencia sustancialmente del que no lo habla. Algo mágico que te da más derecho a decidir sobre lo que pasa en Cataluña que quien no lo habla. Eres euskaldún, ya no eres español.

Son mentiras. Mentiras a secas.

El idioma tiene su importancia, pero no define a la persona. Uno es (o no) padre, pareja, profesional. Uno tiene amigos de un tipo y se divierte de una manera. A uno le gustan unas cosas y situaciones. Uno tiene esta o aquella inclinación política. O sexual (siempre pensando en lo único). Uno es mejor o peor persona. Uno tiene estos u otros valores, estas u otras creencias religiosas o filosofía. Uno ha dejado esta pequeña marca en el mundo. Y sí, uno viene de esta o aquella ciudad, comparte esas tradiciones, conoce esas calles, habla ese idioma.

Decir que a alguien “le define” un idioma que presuntamente ha heredado de su familia es como decir que le definen sus apellidos, el trabajo de sus abuelos, el santo de su nombre, o su color de pelo. Nuestra herencia es algo que queremos, pero no algo que nos determine. Un idioma es una parte de tu cultura y de cómo funcionas, pero a diferencia de tus valores o tus acciones, el idioma no te define.

Cualquier español tiene más en común con el holandés habitual (al que no entendemos) que con la mayor parte de los bolivianos, la inmensa mayoría de los marroquíes, la generalidad de los chinos. Y el gallego, el valenciano y el aragonés se parecen más entre ellos que con el holandés. El idioma es un puente, pero no es la parte más importante de una cultura, porque una “cultura” no es la historia y literatura de un territorio. Es mucho más. Nuestros valores, nuestra forma de comportarnos, las cosas que damos por sentadas, vienen de la variedad española de la cultura occidental. En Pamplona, en Cuenca, en Cádiz y en Fuenterrabía. Y por supuesto en Gerona. Los habrá más campuzos y más pijos, y con diez docenas de acentos, pero (les guste o no a los “patriotas”) somos muy reconocibles.

Ser español no es hablar castellano en casa. Ni en el trabajo. Ser catalán no va ligado a hablar catalán: ni hace falta hablarlo para serlo, ni basta con hablarlo para serlo. Y lo mismo con el vascuence. Ser euskaldún no significa no ser español, sino (normalmente) todo lo contrario.

Desmontar el mito del idioma como patria, o como taparrabos del racismo real que sustenta a los nacionalismos localistas, es un trabajo urgente. Porque llevan décadas apropiándose de los idiomas como modo de apropiarse de la identidad de los que los hablan. Aunque tengan que retorcerlas para conseguirlo.

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