Borrokas obsoletos y lobos aburguesados

Hace un par de fines de semana, el centro de Pamplona se encontró de vuelta en una pesadilla. Varias decenas de encapuchados con bolsas llenas de piedras, bengalas y hasta cócteles molotov se adueñaron repentinamente de las calles en una “concentración” no autorizada que estalló en violencia en cuanto chocó con las fuerzas de seguridad. Una violencia clara y premeditada, en la que hasta las tiendas a reventar habían sido definidas de antemano (después de la fiesta se encontraron bengalas con el nombre del destinatario). Una violencia que pilló de sorpresa a los habitantes de la zona y a los que disfrutaban de ella.

A pesar del escalofrío que causaron por la similitud con las tardes violentas de hace veinte años, los encapuchados de esta ocasión eran muy diferentes. No eran borrokas indígenas, movilizados semiespontáneamente por algún conflicto concreto con los partidos constitucionalistas o la detención de un asesino. Estos eran poco menos que profesionales, importados de fuera, protestando porque a nadie le interesa ya lo que les pase.

Entendámonos. Durante décadas, el nacionalismo extremista (y parte del moderado) ha hecho creer a los violentos callejeros que hacer pintadas, reventar cristales, quemar contenedores y tirar pedradas a la policía es una acción patriótica, una necesidad histórica, parte de la salvación de la patria vasca. Era parte de una estrategia de intimidación que ha dado resultados propagandísticos reales, acallando y expulsando a la oposición en muchos pueblos y barrios. Parte del proceso digestivo de ETA, que se ha nutrido de estos vándalos. Pero sobre todo, para esa gente, era algo admirable. Eran gudaris. Eran héroes.

Ahora, ETA ha sido derrotada, y sus padrinos se han aburguesado. Mantienen la retórica y la postura, y disfrutan intimidando cuando pueden, pero se han acostumbrado a disfrutar de los beneficios de vivir dentro de la legalidad. Han descubierto que pueden apropiarse del sistema y explotarlo para su beneficio. No sólo son los sueldos y las subvenciones: es que con socios como Podemos, pueden conseguir sus objetivos de asimilación cultural y política, y de exclusión económica de los rivales, por vía democrática. Siempre y cuando cuiden un poco las formas. Lo suficiente para poder posar como políticos respetables, bajo la luz apropiada.

Y en ese contexto, los cachorros de borriko estorban.

Por eso, los cachorros estuvieron en Pamplona. No porque reivindiquen nada, sino porque ya a nadie le importa que la Policía les corra a gorrazos. Su lucha heroica es ya un deporte minoritario: de ser noticia han pasado a avergonzar a los líderes de la izquierda abertzale, que condena “todos los tipos de violencia”. De héroes de taberna están pasando a simples inadaptados violentos. En lugar de aplaudirles, Bildu intenta mirar para otro lado.

No nos engañemos: sus padrinos siguen siendo los mismos. El lobo sigue estando ahí, bajo la piel de cordero, en el ayuntamiento de Pamplona. Sencillamente, ahora le compensa más apoyarse en la Policía Municipal que en un hatajo de gamberros.

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