Corrección política y radicalismo

Hace poco leí un interesante post de Juan M. Blanco sobre la corrección política y el modo en que expulsa a puntos de vista divergentes. El mecanismo es muy sencillo, y me sorprendió verlo descrito de esa manera. Porque lo he visto en acción, pero no referido a ideologías dominantes, sino a radicalismos locales.

Repasemos. En el primer paso, se declara un dogma útil. Ya sea “Navarra es Euskalherría” o “No se dice sexo, se dice género”. Y se declara como verdad inamovible, no como propuesta a debate. Aportar razones para ello es necesario, pero que las razones tengan sentido es completamente optativo.

Después, se ceba la trampa. Los activistas de la causa son instruídos para atacar a quien se oponga a ese dogma. Y en ese ataque hay pocas barreras: si el activista es un intelectual, atacará con unas armas, pero si es un lobbista o un tertuliano no dudará en lanzar todo tipo de acusaciones e infundios contra el disidente. Desde “facha” (un favorito del público) hasta “homófobo”, pasando por los insultos que toquen. Por supuesto, se presentará esa disidencia como una agresión a cualquier colectivo implicado o próximo. “Odias todo lo vasco/catalán/foral/eligetuminoría” es un ejemplo, pero “islamófobo”, “zipayo”, “colono”, “extranjero”, o “comprado por el IBEX” no quedan lejos.

Y no sólo se hace de palabra. Es importante controlar el ambiente. Las asociaciones locales. Los carteles y pintadas. Las tertulias de radio, aunque sólo sea alguna. Los comentarios en páginas web (especialmente de los medios opuestos) y foros. Los grupos de Facebook, tanto “abiertos” como abiertamente radicalizados, para entrar en todas las burbujas.

En ese contexto, las capas más violentas de la sociedad huelen la sangre. Los perroflautas, borrokas, estudiantes de sindicato o héroes sin causa de taberna, se suman a la cacería. Aparecen pintadas en las puertas, dianas en las ventanas, pedradas en los cristales, o purines de cerdo en la entrada de las sedes de Ciudadanos.

No hace falta una mayoría. No hace falta convencer. Como en tantas otras cosas, basta que haya una minoría intolerante y una mayoría indiferente para que la opinión de la minoría sea la que se aplique.

El resultado habitual es que la oposición es intimidada. En la Comunidad Autónoma Vasca, en muchos pueblos y ciudadades, los constitucionalistas sacan muchísimos más votos de lo que refejan las calles… y menos de los que son. Porque no se atreven a levantar la voz. En Cataluña, desde hace años, casi hay que pedir disculpas por ser “unionista”. Los que no le ven la gracia a las manipulaciones linguísticas de las ideologías de género miran para otro lado cuando se crucifica a los del autobús naranja.

Algunos lo llaman “autocensura” porque no hay una autoridad clara que impida hablar. Pero es censura a secas, externa, censura por intimidación ambiental.

El tercer paso es esperar. Porque el efecto de un ambiente en el que sólo se tolera y difunde un punto de vista es que la gente con menos criterio asume que ese punto de vista es el correcto. Es la “regla de la minoría”, que ya hemos mencionado arriba. Donde nadie más se pronuncia, a nadie más le importa, nadie más se atreve a hablar, el punto de vista de la minoría intransigente se impone por renormalización progresiva.

Si oyes por todas partes que “Espanya ens roba”, será por algo. Si escuchas que insultar a una mujer es “violencia de género” y más grave que insultar a un hombre, asumes que es lo correcto. Si lees siempre lo de “trabajadores y trabajadoras”, acabas diciendo “miembros y miembras”. Si oyes repetir que “Ciudadanos es la marca blanca del PP” o que “ningún partido tiene superioridad moral en temas de corrupción”, igual te lo crees. Si parece que todos piensan que “la culpa de todos es de los judíos/americanos/banqueros/inmigrantes/eligevíctima” al final dejas de dudarlo. Si te dicen continuamente que hay que condenar “todas las violencias” y que el terrorismo es una más, como la policial o la doméstica, lo acabas por encontrar lógico.

Es en este paso en el que, en una sociedad ahogada de opciones, la minoría se convierte, sin debate, sin razones, en mayoría.

El cuarto paso es usar esa mayoría. Una vez ahogada la voz opositora, una vez normalizados y adoptados los dogmas por una mayoría, hay que usarla. Esa es la gran virtud de un sistema electoral: que puede ser usado por todos. Incluso los que piensan que la única opinión válida y respetable es la suya. Una vez en el poder, se usan los medios del Estado para difundir esas ideas, recrear la sociedad y hasta la Historia aceptable (derribar monumentos de enemigos muertos, tapar datos incómodos para la imagen del patrón espiritual). Hay leyes, hay límites, pero lo que se puede hacer dentro de ellos es sorprendente. Los independentistas catalanes han conseguido crear algo tan parecido a un Estado que cuesta distinguirlo.

Pensemos. Si el dogma útil que ha sido socialmente aceptado es que Navarra es Euskalherría, ya tenemos la justificación para una anexión. Si es que la sociedad catalana quiere la independencia, tenemos la palanca para una secesión unilateral. Si es que la sexualidad se elige, ya tenemos paraguas para apadrinar cambios de sexo infantiles. Si es que la muerte debe elegirse también, tenemos vía abierta a la eutanasia. Si es que el euskera es el idioma de los vascos (o el catalán de los valencianos), el que no lo hable puede ser privado de igualdad de derechos. Si es que la Sharia es fuente legítima de ley, ya tenemos a los ladrones con la mano cortada, las mujeres con la pata quebrada y en casa, y los gays ejecutados. Si es que el Reino Unido está mejor fuera de Europa, tenemos un Brexit por la puerta de atrás. Si tenemos la autoridad, y además dominamos la opinión pública que se atreve a expresarse, hay poco que no se pueda hacer.

En ese contexto, los violentos ya sobran. Como en el caso de Hitler con sus camisas pardas (o Asirón con los borrokas), cuando tienes el poder ya no quieres un brazo armado radicalizado y poco controlable. Prefieres usar las fuerzas de seguridad, bien domesticadas. Una sola fuente de autoridad.

Este proceso (intimidación, exclusión, conversión, transformación) es el que siguen, con mayor o menor violencia, las campañas de propaganda ideológica. El punto clave está en alcanzar la capacidad de hacer callar y descalificar a la oposición, o incluso (véase las filiales del PSOE) hacer que adopten tus posturas. Y eso no se logra con debate, sino mediante tácticas de propaganda e intransigencia agresiva.

Donde no es posible el debate, no hay libertad. Donde hay puntos de vista “inaceptables” por la corrección política, no hay libertad. Y España está llena de organizaciones dedicadas a coartar la libertad de los demás, en pueblos y ciudades y medios de comunicación. No son los que piensan cosas raras: son los que hacen socialmente inaceptable pensarlas.

Antes de seguirles la corriente y condenar al ostracismo a quien no piensa como nosotros, pensemos a quién le estamos haciendo el juego. Y porqué.

 

 

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