Los alegres mercenarios

Hoy, día del Trabajo, me gustaría dedicar unos minutos a pensar en unos cuantos cientos de miles de profesionales (¿millones ya?) que están quedando cada vez más fuera de los mapas laborales tradicionales.

Si visitas los parques empresariales de los alrededores de cualquier ciudad, o las oficinas de cualquier organización importante, es probable que te encuentres con ellos. Si te cruzas con casi cualquier trabajo creativo de equipo, es muy probable que hayan tenido que ver. Son los profesionales a sueldo pero sin contrato. Son los alegres mercenarios.

De la consultoría al outsourcing

Hace un par de generaciones, en España empezaron a verse los “consultores”. Expertos o especialistas que venían a resolver una tarea y volvían a irse una vez terminada. Eran más caros, y presuntamente más eficaces, que los empleados de toda la vida. Iban de chaqueta y corbata, y quien les contrataba les solía hacer caso.

Luego empezó a pasar algo extraño. Las organizaciones empezaron a contratar a esas empresas de consultoría para que se hicieran cargo de proyectos, áreas y funciones enteras. Lo llamaron “externalización”, y significa que la mayoría de las áreas de informática y soporte de empresas como Bankia o Beam Suntory (whisky) o de organismos como el Ministerio de Exteriores, está habitada por trabajadores que ya no son parte de la entidad sino de un subcontratista. Cientos de miles de trabajadores que no pasan por la empresa que los emplea ni una vez al año, “implantes” a largo plazo que ya raramente van de corbata.

Y como hay subcontratistas de todo tipo, desde IT a Recursos Humanos pasando por logística o inbound márketing o call centers (no hablemos del periodismo), el modelo de “trabajo para esa empresa, pero no en ella” se va extendiendo. No es infrecuente que en un departamento menos de la mitad de los colaboradores tenga contrato laboral directo.

Los “consultores”, en general, se han convertido en “consultores técnicos”, aparcados junto a una función o aplicación para una tarea en concreto, y tan sustituíbles como las tuercas de la silla en que se sientan.

Del freelance al falso autónomo

En paralelo empezó a pasar otra cosa. Los auténticos expertos cada vez eran más demandados, pero los salarios no subían a su medida. Unelo a las diferentes crisis, y tienes una oleada de profesionales cualificados que dejan la empresa y se ofrecen al mercado directamente, ya sea porque sus clientes les conocen o porque el mercado les puede identificar. Estos no llevan corbata (entre otras cosas porque muchos son “creativos”), pero son, de nuevo, profesionales respetados por su conocimiento allá donde van.

Pero el mercado es muy grande y los freelances están muy solos (aunque cada vez sean más). Algunos, sí, trabajan en nichos pequeños y se diferencian bien, y siguen valiéndose por sí mismos. Pero la mayoría encuentran difícil vender y trabajar a la vez. Van cayendo en la órbita de “plataformas” de profesionales, donde sus propuestas entran a competir por sus factores comunes (precio, tiempo, localización) y no por sus diferenciaciones (experiencia concreta, prácticas de trabajo). Es la “gig economy”, donde un profesional se vende a sí mismo al peso varias veces al mes para poder comer.

Y lo peor es que en esas plataformas no está la mayor parte del negocio. Los contratos serios, los largos plazos, se siguen contratando con entidades capaces de responder a los riesgos de proyecto. Empresas de servicios. Empresas que cada vez tienen menos empleados fijos, porque no les hace falta: es mucho más cómodo tirar de esos freelance (autónomos o microempresarios) según los necesita.

Así, los propios “comerciantes de carne” que colocan a trabajadores en sus clientes (outsourcing, lo llamamos antes) empiezan a tener dos niveles; un montón de gente a medio formar o de nivel medio, generalmente en plantilla… y otro montón de profesionales más veteranos y experimentados, más caros, que cuando no hay proyecto se van directamente a la calle porque son (palabra mágica) autónomos.

Algunos pasan a ser autónomos por decisión propia (se cobra mejor), otros porque no hay más remedio (nadie quiere pagar ese dinero como sueldo fijo). Y cuando ya han pasado muchos al nuevo estado, aparece un enorme problema: donde antes el freelance era una figura casi excepcional reservada al experto… ahora es un eufemismo para el falso autónomo contratado y despedido según la carga de trabajo.

En ese contexto, el profesional ya no es parte de la empresa a la que sirve, ni siquiera de la que le gestiona. Es una pieza más, un componente, razonablemente sustituíble, y sin más compromiso emocional con el proyecto que el que le una con sus compañeros de trabajo.

Es un sistema que funciona: un profesional cualificado puede generalmente colocarse y vivir bien, si es flexible y trabajador. Lo de la seguridad laboral o las perspectivas profesionales ya es otra cosa.

Y llegaron las ETTs

Donde antes había orgullosas empresas de consultoría, hubo empresas de “servicios profesionales” y luego “integradoras de sistemas”. Después fueron “empresas de outsourcing y servicios”. El modelo de negocio cada vez tenía menos que ver con el conocimiento experto y más con el “body shopping”, nombre real del negocio de colocar recursos técnicos a demanda en las empresas cliente.

El “body shopping” es un negocio de volumen, porque compite esencialmente en coste. No hay márgen ni interés en invertir en diferenciación seria. Por eso proliferan las operaciones de “roll-up”, donde una empresa de servicios IT compra rápidamente a otras en el sector para quedarse con su cartera de clientes y lograr eficiencias en la gestión de recursos y la reducción de “banquillo” (profesionales sin proyecto). Así se construyó Tecnocom y así se están construyendo hoy día otras.

La última oleada es significativa. Las empresas de trabajo temporal han visto la sinergia y están entrando en el sector, ya sea organizando filiales o comprando empresas del sector. Es el caso de la compra de Ciber por Manpower en los últimos meses.

Los alegres mercenarios

De este modo, los viejos consultores, los freelances expertos, y también todos los demás, quedan en manos de cada vez menos proveedores de servicios que tienen acceso a los clientes, a esas cuentas que dan trabajo a largo plazo. Se convierten en subcontratista del subcontratista, y eso en la medida en que hay trabajo, porque este modelo permite a las empresas el ansiado “banquillo cero”. Donde no hay negocio, no hay empleado.

El modelo al que vamos combina una base contratada en términos poco generosos, con una serie de perfiles más senior que sólo entran cuando hacen falta. Las empresas de servicios se han convertido, como las redacciones, en “gestores de agenda” que complementan sus capacidades con externos cuando les necesitan.

Un modelo en el que la innovación viene de fuera. La inversión en formación es la que hagas en tu tiempo libre. Los contratos son a largo plazo aunque estén a merced del capricho del cliente. Pero pagan bien (relativamente), y casi siempre puedes cambiar o reciclarte si hace falta.

Y así les ves, caminando tranquilos en grupo por sus hábitats naturales. Sin la presión de un proyecto que no es el suyo, o de una carrera profesional que no tienen. Se dedican a hacer bien su trabajo y mantener sus espadas afiladas, porque es lo único que hace posible que coman. Confían en sí mismos y en sus compañeros, porque es de lo que dependen. Combaten juntos no por su cliente, sino por sí mismos.

Son una parte cada vez más grande del sector servicios, y del empleo de este país. Son un ejemplo de lo que viene.

Son los alegres mercenarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s