Euskal Herria o la invasión de la nación virtual

Estamos en una época en la que se considera posible decidir qué es uno, independientemente de su origen o morfología. Los aspectos físicos o históricos de la realidad se consideran cada vez menos importantes frente a las decisiones o sentimientos de los protagonistas.

Una persona “es”, últimamente, lo que “se siente”. Así, puede “sentirse” católico pero rechazar la jerarquía, “mujer” aunque morfológicamente no lo sea, e incluso “vasco pero no español” siendo navarro de madre riojana. Hay ya en EEUU quien se siente “negro” habiendo nacido de dos padres blancos.

Esta flexibilidad viene porque hemos relajado las consecuencias. Intentamos que el sexo sea legalmente irrelevante (salvo en España, con la ley de Violencia de Género), que no haya discriminación por raza o por religión o por orientación sexual. En su lugar hemos inventado categorías virtuales, subjetivas, que sirven esencialmente como etiquetas sin efecto legal.

El problema viene cuando uno de estos colectivos virtuales decide que quiere tener efecto legal, y además derechos especiales en un territorio. Es el caso de los nacionalistas que se sienten “los auténticos vascos” y por ello “los auténticos navarros” a expensas de todos los demás habitantes del territorio y sin consideración por lo que sientan ellos.

La coalición de estos “vascos virtuales”, “correctos” o “auténticos”, es lo que se llama “Euskal Herria”. Se definen como “aquellos que tienen derecho a decidir lo que pasa en los territorios de la CAV, Navarra y el País Vasco francés”, porque ellos lo dicen y porque subjetivamente sienten que es lo correcto. Todo lo que no encaje con su visión de cómo debería ser el mundo en “su” territorio sobra, ya sean opositores, carlistas, agentes del orden no virtual, la realidad lingüística o la Historia, incluyendo banderas obsoletas.

Esta nación virtual no es completamente subjetiva, tiene sus fronteras. Ellos mismos dan “carnet de navarro” o de “vasco” a quien les da la gana, negando legitimidad para opinar  en su propia casa a aquellos que no demuestran devoción pública por los fueros, el euskera, y la identidad separada del oprimido pueblo vasco (del que Navarra es un apéndice). Si no eres parte de la nación virtual, da igual de dónde vengas, a sus ojos eres un extranjero afincado ilegítimamente en su tierra prometida.

En estos momentos, esa nación virtual está ocupando parte de España. En la Comunidad Autónoma Vasca está obligando a decenas de miles de niños a pasar por una educación que es un proceso de asimilación cultural con todas las letras (y no hablemos de la televisión pública). Está discriminando activamente contra los que no comulgan con su “identidad” cultural. Está transformando la geografía, los nombres, y los contenidos de su territorio para adecuarlas a su modelo, y predica versiones de la Historia que no se corresponden con nada conocido, “conflicto vasco” incluido.

En Navarra han engañado a gente que se siente progresista y alternativa para que les apoyen, y están iniciando el mismo proceso de ocupación del territorio y alienación de los que no forman parte de la “nación virtual”. A los nacionalistas les sobran casi la mitad de los habitantes del territorio (la Ribera cada vez queda más lejos de Pamplona). El 80% de la población navarra que no cumple los requisitos de su nación virtual (sentirse “vasco pero no español” y hablar batúa) les sobra tanto que discriminan activamente contra ella, intentando expulsarla de la administración pública y reduciendo sus derechos sociales (educación infantil y becas universitarias, entre otras) u obligándola a asimilarse.

En la CAV y en Cataluña, la intransigencia de estas “naciones virtuales” excluyentes han hecho que otros bajen la cabeza y pasen por el aro para recibir su “carnet de buen vasco” o “catalán”. El PSC es un ejemplo en Cataluña, como el PSE en la CAV  o Podemos en Navarra, de partidos no identitarios que hacen lo que sea para que la “nación virtual” les considere interlocutores dignos. Lo más triste es que eso no les convierte en socios de los excluyentes, sino en satélites, y son progresivamente asimilados porque ya no tienen identidad ni sentido propios.

Esto no es un chiste. Un colectivo que decide que ellos son los únicos que tienen derecho a decidir en un territorio, que todo el mundo debe ser como ellos o ser discriminado (como poco), que fuera de ellos no hay “legitimidad histórica”, es cualquier cosa menos divertido.

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